Personajes del Distrito Federal
Juan Mendoza Avila, con casi 70 años en el oficio de la Tintorería, en las calles de la colonia Roma Sur.

Me interesó entrevistar al señor Juan Mendoza, porque quién mejor que él para contarme cómo era parte de la colonia Roma –uno de los barrios con más historia en el Distrito Federal- hace más de cincuenta años.
Veintiocho años atendiendo el mismo oficio en la calle de Teocelo; ahora en Tonalá (desde hace 29 años), pero don Juan Mendoza no abandona la tintorería por más que sus hijas le digan que ya es tiempo de jubilarse y que ya no tiene necesidad de estar metido en ese taller. Le sorprendió que alguien lo quisiera entrevistar, le dije que al contrario, que yo era la sorprendida y la agradecida de que me permitiera esta entrevista, la cual comienzo diciendo que contagió en mí, un hálito de melancolía al ver pasear su mirada de un recuerdo a otro:
Don Juan Mendoza llegó a los 18 años de la mixteca oaxaqueña, con sus hermanos mayores, a una ciudad que no era la misma, y que aunque todo parecía un desorden de poca civilización (pocos autos, pocas casas, calles empedradas) su negocio era uno de los más fructíferos de la colonia Roma Sur, siendo una de las razones que las mujeres en ese entonces vestían con más formalidad; es decir, con faldas tableadas (“esas nos daban mucha lata”), y conjuntos de saco y falda, así como vestidos, “Casi no usaban pantalones, como ahora”. Hasta doscientas piezas les llegaban en un mes, haciendo un total de aproximadamente cincuenta clientes. Don José Mendoza cumplió en diciembre del año pasado (hace un mes) 85 años, es diabético desde hace 40, y sin embargo conserva una gran lucidez y memoria; a veces le duelen sus piernas, causa de las varices que también lo aquejan, es viudo y sólo el tiempo ha logrado curar la pérdida de su esposa y de sus hermanos. Ya es el único de los once hermanos que sigue con vida. De sus hermanos aprendería el oficio de lavar y planchar en seco. “Una vez que se aprende es muy fácil”. Ahora lo que extraña de la colonia Roma es la seguridad. “Antes cerrábamos el negocio a las nueve de la noche y nos salíamos a caminar, saludábamos a los veladores que iban en su bicicleta”. Entre los lugares que él recuerda que frecuentaba con mucho ánimo estaban: el cine Roma, El Estadio, o El Gloria. Las películas que ahí veía eran las de Cantinflas, Pedro Infante, Pedro Armendáriz. “Había tres funciones al día, la última era a las doce, en la madrugada”. Alguna veces entonces él salía del negocio y se iba y regresaba caminando tranquilamente. Antonio Badú, llegó a ser uno de sus famosos clientes. El cómico Shilinsky vivó en la misma calle que don Juan Mendoza, en Teocelo. Además del cine, don Juan también visitó lugares como el Salón México, El Colonia, y el Swing Club que eran los salones de baile de moda.
No contó cómo el río La Piedad, era sucio y atrás de ellos había milpas. ¡Increíble de creer! ¿no creen? Ahora parte de ese el río es el conocido Viaducto Miguel Alemán, entubado en 1950 (en ese entonces, la ciudad de México tendría 3.5 millones de habitantes). Ahora es un río de carros que chocan, se enfadan, se desconocen y se lamentan de su inevitable transitar por ese túnel.
Como a mucha gente de la tercera edad, a don Juan Mendoza le gusta sentirse útil, sí se cansa, pero lo animan sus recuerdos, una pequeña televisión que lo acompaña todo el día laboral, y las visitas de sus clientes que lo saludan cuando pasan. Es evidente la desleal competencia, que como muchos negocios pequeños sufren por la llegada de franquicias o lavanderías-tintorerías que cobran por kilos, haciendo menor el costo para la clientela en general. Cosas de la modernidad que parecen imposibles de frenar, mientras los que somos vecinos, algunos, preferimos negocios como el de don Juan para llevar nuestras prendas, con ese olor que despide la plancha de las tintorerías, tan peculiar, tintorerías como éstas, nada más.






A veces parece que vamos en retroceso ¿o no? 
Se supone que este espacio es para hacerles crónicas del distrito federal.