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| No pensé en lo que iba a pasar. Hasta entonces, carecía de experiencia para nadar en aguas profundas. |
| Publicado: domingo 21 septiembre 2008 | 03:03 hrs. |
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Por: Ariel Lemarroy
Villahermosa, Tabasco |
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Entrevista: Isaías Sánchez Avila
La mañana del 31 de diciembre de 1973, Isaías Sánchez Avila preparaba la fiesta de año nuevo. Por esas fechas, tenía veinte años de edad y residía en Coatzacoalcos. Unicamente le faltaban cervezas para animar la cena de fin de año. De repente, su padre, de oficio taxista, tomó una decisión que cambiaría su vida.
-Vamos a dar unas vueltas en el taxi-, le propuso a Isaías, y manejaron en dirección a Rumbo Nuevo, una localidad cercana a Nanchital en donde se ubicaba el sitio de automóviles. Cuando cruzaban el Puente Coatzacoalcos, se detuvieron al observar señales de emergencia: “se acaba de ir un coche al agua”, les advirtió uno de los conductores detenidos al ocurrir el accidente.
Treinta y cinco años después, Isaías Sánchez recuerda que abrió la puerta del taxi y corrió hacia las vías de ferrocarril que pasan a lo largo del puente, por donde el auto donde viajaba una familia, había caído al vacío.
No lo sabía en ese momento, pero en el coche viajaba una mujer (Rosaura Pérez) acompañada por tres hijos pequeños -Andrés, Carlitos y Rosaura Bezares Pérez-, quienes se dirigían de Nanchital a Coatzacoalcos en el momento que ocurrió la tragedia. “Cuando me pasé hacia el lado del barandal”, recuerda el ex taxista, “ví flotar a la señora”. De inmediato, se decidió a lanzarse al agua que corría a veinte metros bajo el puente.
-¿Lo pensaste mucho?
-No, no, no. Dije ahí voy. No pensé en lo que iba a pasar.
Hasta entonces, carecía de experiencia para nadar en aguas profundas. Solo “nadaba en los arroyos, en Mundo Nuevo, donde se iba de pinta”.
-¿Habías rescatado a alguien?
-No.
De repente me parece que estoy hablando con otra persona, pero es él. El “héroe de Coatzacoalcos”, como le llamaron en notas periodísticas. El “personaje de la semana” como lo designaron Luis Spota y Lolita Ayala en su programa. El mismo que recibió homenajes de la Unión Médica del Istmo, clubes de servicio y el Ayuntamiento de Coatzacoalcos que presidía Francisco King Hernández.
El mismo que recibió como regalo una carta de mar, pergaminos y una plaza para trabajar en Petróleos Mexicanos por parte de la Sección 11 que dirigía Francisco Balderas. Se trata del mismo, porque lo veo en recortes de periódicos, pero a cualquiera le parece increíble que un hombre de cincuenta y tantos kilogramos de peso y uno sesenta de estatura, se haya lanzado al Río Coatzacoalcos para salvar a una familia completa.
-¿Habías tomado alcohol?
No es la primera vez que escucha la pregunta. Cuando salió del agua, recuerda que “el capitán Carlos Ronzón, que fue su instructor en el servicio militar, lo llamó para preguntarle si venía drogado”. Le respondió que no.
Habla de forma atropellada. Como si los recuerdos se le vinieran encima de manera caótica, por lo que tengo que regresarlo al punto de partida.
-Sígueme platicando: ves a la señora y te avientas al agua. ¿Qué pasó después?
-Yo nadé y la gente me gritaba que nadara más hacia allá.
En ese momento, la corriente había arrastrado a la señora Rosaura, mientras su hija de cuatro años de edad, había salido a flote. Isaías recuerda que “nadó hasta que la alcanzó y la agarró con una mano”. Después, “me sumergía y salía porque la corriente me estaba llevando. Yo me estaba ahogando también pero me rescató una lancha de pescadores”.
Esa mañana, el Río Coatzacoalcos cobraría tres vidas: los pequeños Carlos y Andrés Bezares y la señora Rosaura Pérez de Bezares sucumbieron allí, bajo las aguas. Isaías logró rescatar únicamente a la pequeña Rosaura.
-¿A esa hora, había mucha gente observando desde el puente?
-Sí. Me aventaron una cámara inflable, pero no la agarré.
Ha perdido la noción del tiempo transcurrido desde el momento en que logró sujetar a la pequeña y acercarse a un islote cercano. Vagamente recuerda a los espectadores. Los gritos. Las instrucciones de que nadara en dirección a la orilla. “Si no hubiera sido por los lancheros me hubiera ahogado”, reconoce el taxista. “Ya me sentía muy agotado”.
Según él, desde el momento en que decidió aventarse y el instante en el que puso a salvo a la niña, transcurrió “media hora”.
A la distancia le parece un tiempo eterno. Sobre todo, porque “no existían equipos de rescate, ni equipos de comunicación momentánea. Los que sí llegaron fueron los del Ejército”, recuerda el rescatista, a quien no se le borra la pregunta:
“Me habló el Capitán Ronzón y me decía que si andaba yo drogado, y le dije que no”.
-¿Por qué crees que te dijo eso?
-Porque… está pelón que se aviente uno nada más así, de improviso.
Conmovido, Isaías reconstruye aquél breve diálogo con el oficial del Ejército.
“¿Qué te impulsó a hacerlo?”
“Fue la niña. Pensé que se iba a morir”.
Isaías Sánchez Avila, no imaginó que él mismo sería rescatado después por el padre de la pequeña que salvó de las aguas.
La noche del funeral, no se encontraba allí.
Andrés Bezares, viudo de la señora Rosaura Pérez y padre de los pequeños fallecidos en el Río Coatzacoalcos, se hallaba en el estado de Chiapas por motivos de trabajo. “Ese señor para mí fue como mi padre, él me rescató”, reconoce Isaías Sánchez, quien no soportó el peso de la fama, los reconocimientos a su acto de heroísmo, los premios, y se hundió desde esa misma noche en el alcohol, hasta perderlo todo.
-¿Te rescató?
-Me adoptó –corrige-, “desde esa noche que fuimos al sepelio. Durante veintitantos años trabajé con él”.
En su cuerpo se notan los estragos de la “mala vida”. Del alcoholismo que detuvo hace tiempo. Bebe taza tras taza de café mientras repite, “yo siempre tiré hacia el mal, me gustaba el desmadre”.
-¿Cuánto tiempo llevas sin beber?
-Catorce años. Acepto mi derrota. La reconozco.
Asegura que no ha vuelto a probar el alcohol a pesar de las pruebas (incluyendo la muerte de un hijo de veinticinco años), “porque existe Dios. Lo que le pedí mucho a Dios es fortaleza. Yo tengo que ser feliz, yo ya no miro para atrás”.
Eso dice, aunque reconoce que materialmente no ha salido a flote, no tiene casa, realiza trabajos eventuales, y le obsesiona recobrar los reconocimientos que dejó abandonados en una habitación de la comunidad de Mundo Nuevo. Allí, en un cuarto vacío, quedaron los pergaminos otorgados por la Unión Médica del Istmo, los clubes de servicio y una placa que le entregaron “cuando salió en el programa de Lolita Ayala y Luis Spota, en febrero de 1974”.
-¿Qué tanto pesó la hazaña en tu alcoholismo, te quedaste en el viaje?
-Me afectó en los primeros meses. La noche del funeral, lloraba por no haber salvado también al niño. Yo no sabía que había un niño atrapado en el coche.
-¿Tu te sentías un héroe?
Antes de responder, en la cafetería frente al parque Independencia, en Coatzacoalcos, mira hacia la calle y niega, mientras sostiene la taza de café y busca entre los múltiples recuerdos hasta que da con las palabras precisas. Recuerda lo que le dijo el empresario alemán Alex Arens, al concluir las labores de rescate del automóvil donde se hallaba el cuerpo de uno de los niños.
“Ni cuando me hicieron los homenajes, ni cuando me entrevistaron en Televisa, no se me subió el ego. Siempre fui sumiso, humilde. A mi me enoja que la gente me juzgue porque no saben lo que había abajo del agua. Ni yo lo supe. Lo supo el alemán. Dijo que había pilotes y había varillas, y yo pasé en medio de esos pilotes. Me dijo: “usted hubiera quedado como mariposa, así pasó”.
-¿Qué tanto te sumergiste hacia el fondo al caer desde el puente?
Hace una pausa y dice que “no recuerda”. No puede decir si “fueron tres o cuatro metros abajo”. Lo qué si tiene claro es el fondo que tocó en un océano imaginario. O a lo mejor no tanto. Porque se hundió en el alcohol hasta volverse habitante de las calles. En su memoria seguía pasando el “videotape” donde aparece en el programa de Ruiz Healy, “y con el finado Luis Spota y con Lolita Ayala”.
-¿Después de salir allí no te sentías importante?
-No, nunca.
Mientras lo dice, nos dirigimos hacia el puente. Hacia el lugar donde se sumergió hace treinta y cinco años y se ancló la memoria. Isaías se detiene junto al barandal del Puente “Coatzacoalcos I”, cerca de la estructura levadiza.
“Aquí es”, dice, y señala hacia la superficie del agua turbia, revuelta, desafiando las palabras de Heráclito; aquello de que “nadie se baña dos veces en el mismo río”.
amc
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