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Los sorbos van unos tras otro. Rebosante la espuma deja un bigotillo blanquecino, que la chica borra relamiendo sus labios, pero al mismo tiempo se contorsiona. Son movimientos relampagueantes, rápidos, que destilan sensualidad y una energía contagiosa. Se siente glamorosa, observada, deseada.
Un ritmo, mezcla rap y reggae, contribuye a todo. No suelta el vaso. Sigue al pie de la letra cada frase marcada por la potente percusión amplificada en bafles. Es el "reguetón" (reggaeton) que ya le invadió y le transporta. Las caderas ondean temerarias con una minifalda que sube peligrosamente. Y en su top, dos generosos promontorios brincan trémulos amenazando con salirse a cada contracción.
Es picante, bailable, caribeño, escuchándose una letra atrevida, en doble sentido invitando al sexo, al desenfreno y a quitarse caretas.
"Atrévete, te, te, te/ Salte del clóset,/ Destápate, quítate el esmalte/ Deja de taparte que nadie va a retratarte...
Hay euforia. El vaso de cerveza se termina, pero ya vienen las demás, frías y espumeantes. Y el género que penetra en la chaviza, inunda y desborda en los pasillos del teatro al aire libre.
"Yo sé que a ti te gusta el pop-rock latino/ Pero es que el reggaeton se te mete por los intestinos/ Por debajo de la falda como un submarino/ Y te saca lo de indio taino..."
En las discotecas, los "deejays" presumen repertorio. Hay más púberes, que adultos. Sus rostros denotan minoría de edad. Pero no hay freno para la venta. Los meseros son acomedidos y no distinguen si es adolescente o mayor de edad. Las micheladas van, el vaso o la lata, chasquea al abrirse.
El estilo musical, que ya ha parido intérpretes en Estados Unidos y Latinoamérica, aquí repiten con el mismo efecto y éxito entre el público juvenil, exacerbados y desinhibidos por el alcohol.
ifc
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